miércoles, 22 de abril de 2009

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Ayer fue Navidad. Son las nueve de la mañana y en la calle no hay nadie excepto una paseadora de perros que deja que sus animales ensucien en la puerta de mi casa. En realidad, sobre el asfalto, pero a dos metros de la vereda. Y cuando el sol calienta, los tesoritos fermentan y el olor entra por las ventanas. Salgo a protestar pero la paseadora lleva puestos los auriculares de una radio portátil y no escucha lo que le digo. Tengo que gritar: “Señora, ¿por qué no lleva a sus perros a cagar a otra parte? ¡A una cuadra está el paredón, las vías del tren!”. No sé si me irritaría de igual forma si se tratara de un hombre. Soy cobarde, físicamente. O quizá se trate de otra cosa, del miedo a enloquecer de furia y matar a un adversario. La paseadora me dice: “¿Por qué se pone así? Yo no terminé mi trabajo”. Se ríe y junta los excrementos en una bolsa de plástico. Yo le digo: “¡Igual da asco! La mierda se pega al asfalto y uno la pisa al cruzar la calle o al bajarse de un auto, y después la entra a su casa. ¡Yo piso esa mierda y después mi hija juega con sus juguetes en el suelo y está en contacto con los microbios de la mierda de esos perros!”. La paseadora no pierde su buen humor: termina de atar la bolsa y me dice: “Que difícil debe ser vivir para alguien como usted”. ¡Encima quiere tener razón! En vez de gritar o de pegarle, entro a mi casa. Mi hija duerme. Dentro de una semana mi mujer se irá con ella y me dejarán solo. Voy a estar solo hasta el fin.


Comienzo de Derrumbe, de Daniel Guebel

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