martes, 7 de abril de 2009

Esponjas rojas

Se lo dijo de golpe. Como un mazazo le cayó en la cabeza, en el corazón. Se quedó así, inmóvil, estupefacta. Las palabras retumbaban en su cerebro. Trataba ferozmente de entender, pero no podía. Su mirada impávida no traslucía su esfuerzo interior. “¿Todo bien, entonces?” Movió imperceptiblemente los hombros. Sentía como la cabeza se le había abierto en dos por el golpe. Como la sangre le chorreaba por el costado de la cara y por encima de los ojos. La vista se le nubló de rojo. Parpadeó y volvió a ver. “¿Estás bien?”

Entonces, cayó en la cuenta. Se sintió como esas esponjas de mar, las esponjas rojas, que si las empujás por una tela se despedazan en miles de trozos minúsculos. No me quiere más. Lo miró. A los ojos, a la cara, todo el cuerpo. Notó su mirada indiferente. Y, como la esponja una vez que pasó por la tela, volvieron a juntarse los miles de pedacitos, pero como un ente distinto. Con la sangre cayéndole por las mejillas logró decir:
– Sí, estoy bien.

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